Demasiado tiempo he pospuesto esta entrada, quizás fuese por la pereza inherente a sentarse y rebuscar dentro de tus recuerdos. Tal vez me enfrente ahora a esta tarea porque esta pereza esta siendo superada por las pocas ganas de estudiar o simplemente porque la memoria está suficientemente asentada como para plasmarla en palabras. Muchos (dentro del escaso público con el que cuento claro está) ya habrán adivinado que estas líneas van referidas a Roma, que en tan solo nueve meses se ha convertido en algo muy importante para mí. Huyo de tecnicismos y de intenciones didácticas: no pretendo que esto se convierta en una guía de viajes sino más bien en una visión subjetiva de una ciudad que me cautivó.
Roma es una ciudad en permanente estado de decadencia, no apta para todos los públicos. Puedes disfrutar evidentemente de un conjunto monumental impresionante sin ninguna otra pretensión y te satisfará, sin embargo, para conocerla a fondo debes dejar a un lado ciertas ideas preconcebidas: esto no es París, no es una ciudad perfecta, no busques en ella una historia de amor. Hay que pensar en esta urbe como en un anciano todavía lúcido que intenta trasmitirte su enorme experiencia vital antes de hundirse inexorablemente en el pozo del olvido. Aunque probablemente nos sobreviva a todos, como siempre ha hecho. Cuando mi padre vino a verme, tras unas horas en la ciudad me comentó que no sabía que pesaba más en ella: si haber sido la capital del Imperio o de ser, aún hoy, la capital de la Iglesia Católica. Aún hoy escribiendo esto he cambiado de idea un par de veces y al final de todo creo que ambas naturalezas son un continuo: Roma es quizás el mayor espejo de toda la historia mediterránea: su esencia es ser un reflejo, representando fielmente la época en la que se encuentra lo que me lleva a temer que su futuro sea muy negro.
En cuanto a la Roma Antigua que aún subsiste (muchas veces bajo elementos modernos de dudoso sentido estético) creo que hay poco que decir. Simplemente hay que pasear por ella y notar el peso de la historia sobre tí, como se abre la cuarta dimensión del tiempo ante tus ojos. Lo considero el mejor ejercicio relativizador que existe: el polvo eres y en polvo te convertirás nunca había adquirido mayor significado. Aparte de los famosísimos (Coliseo, Foros, Panteón de Agripa y un largo etc) que no por destacados pierden un ápice de majestuosidad, destacar los naturistas paseos de Appia Antica con el empedrado característico y sus ruinas y catacumbas a los lados y el vetusto puerto de Ostia, una población (lo que queda de ella) que pese a su poca fama tiene muy poco que envidiar a las ruinas de Pompeya.
Hablar de arte en la ciudad es hablar de la Iglesia Católica. Supongo que los espirituales de corte religioso al contemplar algunas obras verán en ellas confirmada su fe. Yo que soy más terrenal lo único que puedo hacer es quedarme embelesado ante el escaparate de belleza (como dirían en American Beauty pero esta vez no con una bolsa) que va desfilando delante de mis sentidos. Pintura, arquitectura y escultura tienen en Roma representantes muy destacados y no pienso ponerme a enumerarlos ahora. Quizás por su cantidad y calidad destaque el barroco pero se puede encontrar de todos los movimientos si uno sabe buscar, y todos fantásticos. Por relativamente desconocido voy a nombrar a Borromini, arquitecto barroco autor de muchas iglesias preciosas (y de otras más discutibles según otros gustos). Realmente es imposible recogerlo por escrito: cada persona debe sentirlo por sí misma y aplicarle su propio filtro personal.
Cuando releo lo escrito temo no haber sabido trasmitir bien el espíritu de Roma. Creo que no les queda más remedio que conocerla a los que no la conozcan y reconocerla a los que tenemos su silueta firmada en nuestras pupilas.